miércoles, 31 de enero de 2018

18. EL CLUB DE LOS GOLFISTAS MUERTOS

Para mi amorcitons,



Silencio. Sólo el leve susurro del viento entre las hojas de los pinos blancos. Alguna piña se lanzaba al vacío tras el bamboleo sufrido. Era una tarde estupenda para jugar a golf. Allí estaba yo en el tee del hoyo 13, una larga calle que se escondía tras una curva malvada y es que no era muy ducho en los doglegs.  Me concentré en la postura y en hacer el swing tal como lo había ensayado hasta la saciedad en el campo de prácticas. Me vino el olor a romero de entre los arbustos que me rodeaban y disfruté del instante. Sentía que aquel tiro iba a ser perfecto. Venga, basta de procrastinar. Mis dedos abrazaron el palo con firmeza y convicción. No perdía de vista la bola ante mí y un golpe de viento me desconcentró por un segundo. Negué con la cabeza y volví al tiro que estaba a punto de hacer. De nuevo, la brisa parecía susurrarme algo. Dejé la postura y escudriñé mi alrededor. Estaba yo solo en la inmensidad del campo. Nadie, no había nadie y, aún así, era como si alguien me estuviera diciendo algo. Me reprobé. Una excusa más para no hacer la salida perfecta. Estaba perdiendo el norte, el sur, el este y hasta el oeste. Que hubiera tenido una mala racha no implicaba que ahora sufriera alucinaciones. Estaba solo. La pareja más próxima estaba tres hoyos atrás y era imposible que hubieran corrido tanto. Me preparé para tirar una vez más. Respiré profundamente y agarré con seguridad el grip“¡BOOOOOLAAAA!” Alguien advirtió. Y la oscuridad me sobrevino de repente.

Me desperté con un inmenso dolor de cabeza. Todo me daba vueltas y estaba borroso. Vi una mano que me tendía ayuda para levantarme.
—Qué golpe. No te habíamos visto. Vaya puntería ha tenido Harry. En toda la cabeza. Al menos no te ha abierto una brecha. Esta gutties[1] modernas son casi inofensivas. Al final, le voy a tener que dar la razón y probar su grip. El secreto está en el meñique o eso es lo que no se cansa de repetir. —Lo seguía escuchando con atención porque no daba crédito al interlocutor— ¿Ya te duele menos? Parece que tienes mejor aspecto. Si es lo que yo digo: hay que tener cuidado, al fin y al cabo, el golf de alta competición se juega principalmente en un campo de cinco pulgadas y media: el espacio que hay entre tus orejas. —Sonreí estupefacto.
—Va, Bobby, deja ya al muchacho que lo vas a marear más de lo que ya debe estar —dirigiéndose hacia a mí—. Lo siento. No te habíamos visto y es que apareciste de la nada. ¿Eres nuevo en el club?  Tienes que hablar con el viejo Morris. Él se encarga de todo. No puedes colarte en el campo así como así. —Me reprochó un hombre de porte caballeroso que se acercaba hacia nosotros luciendo unos bombachos, camisa con corbata bajo una chaqueta perfectamente abotonada.

Bobby me ayudó a levantarme con una amplia sonrisa mientras bromeaba con Harry para que se le pasara el enfado.
—Vamos, Harry, no te enfades. ¿Te ha gustado ese giro inesperado? Tan inesperado que casi matas a este pobre chico. ¿Cómo estás, joven? —me preguntó un señor con un frondoso bigote y una gorra plana de tweed. —Le sonreí porque continuó hablando con Bobby. — Pronto todos los campos tendrán giros como estos. Sólo para los buenos golfistas como nosotros —fanfarroneó.
—No será con el putter ¿no James? —Y allí me volví a caer al suelo con un sonoro golpe—. Te robaré la idea para el próximo encargo que tengo en Barcelona aunque en un Links será un poco difícil incorporarlo. Las gaviotas se van a poner las botas con las bolas que caigan al agua.

Seve bromeaba con James Braid como si se conocieran de toda la vida. Y aquellos cuatro grandes hombres se olvidaron de mí por un momento rompiendo a carcajadas.
—Bueno, Seve, mi putter de aluminio me ha ayudado mucho a mejorar aunque debo reconocer que patear no es mi fuerte. ¿Qué tal si lo dejamos por hoy y nos vamos a tomar el té?
­—Pues sí —secundó Bobby—. Es una gran idea porque el próximo hoyo es un par 5 y está el equipo de “Silver Scot”. Ya sabemos qué le pasa cuando quiere rememorar aquellos famosos 23 golpes —todos volvieron a reírse profundamente mientras recogían sus palos y bolsas. —Vamos —ordenó Bobby atusándose el cabello que se abría inexorablemente a la mitad de su cuero cabelludo.
—¿Con quién jugaba hoy Tommy? —preguntó Harry con curiosidad.
—Creo que con Guldahl, Bobby Locke y Cary Middlecoff. Con suerte llegarán a la hora de la cena. Son unos lentos de narices —les criticó Bobby con superioridad.
—Chico, ¿no vienes con nosotros? —inquirió James— ¿prefieres que te vuelvan a dar un golpe en esa cabeza dura que tienes?

Seve me ofreció su mano para ayudarme a recuperar la vertical y, amablemente, me sugirió que no le hiciera mucho caso a James, que era un bravucón pero que era muy buena persona. Caminamos los cinco juntos escuchando las lindezas que Braid y Bobby decían del “excelente” equipo de Tommy Armour hasta llegar a la casa club. Era una enorme construcción de estilo colonial de grandes porches todo de madera pintada de tonos crema y caramelo. Las mesas estaban repletas de caras familiares. Pude distinguir al “Guardarropas” Jimmy Demaret divirtiéndose con Payne Stewart que una vez más explicaba cómo había recorrido Estados Unidos sin casi enterarse porque llevaba cuatro horas muerto junto a sus acompañantes y cómo se arrepentía de no haberse podido despertar porque morir en Dakota del Sur no era lo que sus fans esperaban de él. Al escuchar el comentario de mal gusto, el joven Tom Morris se echó a llorar. ¿Que cómo sabía que era él? Pues porque todavía llevaba puesto el Cinturón de Campeón. Harry me explicó al oído que no se lo quitaba ni para ir al excusado. En la barra, Willie Anderson y “Denny”  Shute ahogaban sus penas en el alcohol y lejos de ellos Willie Parks Jr. arrugaba el periódico enfadado con las últimas noticias sobre Robertson. “Siempre Robertson, cobarde; eso es lo que es” maldecía entre dientes.

Nos sentamos en una mesa del porche norte. Walter Hagen se levantó airado del lugar que ocupaba al ver que Bobby se encontraba demasiado cerca. No presté mucha atención al altercado. Tampoco lo hizo Bobby. Las vistas al campo eran impresionantes. Aquello era el paraíso en la tierra o donde fuera que estuviéramos. Al lado Boros, “Lord” Byron, Hogan y Slamin’ Sammy discutían sobre la técnica del swing perfecto y no acababan de ponerse de acuerdo. El tono fue subiendo hasta que Billy Casper los tranquilizó. Vestía un llamativo chaleco rojo carmín y se apoyaba en un sand wedge que le acababa de regalar Sarazen. Parecía un Papá Noel bonachón y risueño. De repente, se percató de mi presencia y se acercó a nuestra mesa con una amplia sonrisa.
—Bienvenido a mi campo. No te tenía visto por aquí.
—Lo recogimos en el hoyo 13. Harry casi se lo carga de un bolazo —intervino rápidamente Bobby. Vardon puso cara de malas pulgas y todos rompimos a carcajadas.
—Harry tiene un grip superpoderoso —Casper le guiñó un ojo en plan cómplice a Vardon y él acabó sonriendo también. —Si piensas quedarte, tienes que hablar con Morris… Mira allí está. ¡Tom! ¡Acércate, tenemos un nuevo cliente! —Tom Morris Sr. se despidió JH Taylor prometiendo que volverían a hablar del nuevo bunker que quería poner en el antegreen del ocho y se acercó a nosotros.
—Hola, encantado de ver caras nuevas. Entonces, ¿te quedas? —miré a mi alrededor y me sentí como en casa. Me divertí al encontrar al ejército de Arnie siguiéndole a los vestidores mientras le pedían fotos y autógrafos. Todo aquello era un sueño hecho realidad. Claro que pensaba quedarme. ¿Qué tipo de pregunta era aquella? —Tienes que pasarte por recepción a rellenar unos papeles y te informaremos de abonos y green-fees. ¿Cómo te llamas?
—Sí, claro. Ahora mismo me acerco. Sergio, me llamo Sergio. 




[1] En 1948 llegó la gutapercha, una goma vegetal procedente del árbol tropical Gutta. Era un material maleable en agua hirviendo pero que se endurecía al enfriarse (tras haber dado forma a la bola). En caso de rotura, se podía reparar en agua hirviendo de nuevo. La bola de gutapercha (más conocida como guttie) facilitó la entrada al golf a las clases menos adineradas.





viernes, 29 de diciembre de 2017

17. EL LEGADO

Beatrix había vuelto a ganar sin casi darse cuenta. Su madre, Janet, la sonreía orgullosa desde la tribuna mientras escuchaba atenta la clasificación que le confirmaba su triunfo, una vez más. Aquel ritual ya no le hacía feliz pero no quería decepcionar a su madre y seguía compitiendo para demostrarles a aquellos hombres que las mujeres podían ser igual de buenas que ellos en el golf. Pero, ¿cómo dejarlo en aquellos momentos? Las hermanas Curtis probaban ser unas excelentes sucesoras aunque su juego, sin duda, era muy superior. Turnure, por su parte, había caído casi sin esfuerzo. Y lo de Barnes, lo de Lucy era de vergüenza ajena.
Muchos periodistas aseguraban que jugaba incluso mejor que muchos hombres. A ella, ya le hubiera gustado enfrentarse a alguien que le pusiera las cosas más difíciles, pero nada. No parecían ser motivos suficientes ni aquellas normas femeninas ridículas, ni la incomodidad de la cinta que amarraba su falda, ni la falta de potencia por no poder subir el brazo como sus anhelados competidores masculinos. Ninguno de ellos parecía atreverse a dar el paso a pesar de ser la golfista revelación en el pionero campo de Shinnecock Hills, el primero en tener nueve hoyos sólo para señoras. Cómo había disfrutado jugando aquel campo por primera vez. Recordaba a su madre dando la tabarra a su padre para que les construyeran un campo sólo para nosotras. Como ella, muchas de sus amigas de la aristocracia de la zona habían hecho exactamente lo mismo con sus propios maridos quienes se negaban con firmeza a compartir hoyos con su mitad más débil. Y como una gota de agua que cae lentamente sobre la piedra y la erosiona, así consiguieron las mujeres un trocito de césped para ellas olvidando algún mensaje importante, con jaquecas recurrentes en el dormitorio y tirando por accidente algún puro cubano. Muchas celebraron aquella conquista pero la batalla más difícil estaba aún por llegar. Beatrix, la niña prodigio de Shinnecock Hills, quería colgar los palos y lo peor de todo era enfrentarse a lo que sus congéneres pudieran pensar de ella. Así, había ido postergando la retirada.
El señor Dunn la entrenaba sin miramientos y tanto esfuerzo había dado sus frutos. La actividad física la reconfortaba pero ya no tenía competidora a la que derrotar. El juego se había vuelto tedioso y sin emoción y aquello la aburría soberanamente. Ni tan siquiera Lucy Barnes había osado enfrentarse a ella. Simplemente, le regaló su corona. ¿A qué podría aspirar ahora?
Sin embargo, Beatrix tenía la sensación de estar traicionando a todas aquellas mujeres que la vitoreaban mientras subía a la tribuna a recoger el premio y posar para las fotos del semanario. Muchas pertenecían al Morris County Golf Club, el primer club de golf dirigido por mujeres que tenían a sus costillas como caddies. Ella había acompañado a su progenitora, una de las madres fundadoras de aquel club, a aquella reunión en el salón de la señora de Henry Hopkins de donde saldrían las 32 mujeres que como miembros regulares dirigirían aquel club de golf de siete hoyos. No se excluía a los hombres. Ellas no eran tan cerradas de mentes como ellos y se les permitía miembros asociados a un número limitado de hombres así como desarrollar algunas funciones como asesores y, por supuesto, de caddies de sus queridas esposas. Y, aunque las malas lenguas aseguraban que aquello no duraría mucho, para nosotras había sido una victoria bien merecida.
Aquel mes de abril de 1894 se había hecho historia a base de tazas de té y sándwiches de pepino y huevo. La señora Hopkins con aquella preciosa falda de algodón de Atlanta de color topacio presidía la reunión con mesura y diligencia. Hablaron todas, se escribieron propuestas y se formularon las bases para aquel club que sería el orgullo de muchas y la desgracia para ella.
Janet, su madre, la adoctrinaba en casa casi sin darse cuenta. Beatrix era un modelo a seguir para muchas muchachas que veían en el golf la excusa perfecta para practicar un deporte en casi las mismas condiciones que sus compañeros de vida. Les daba la oportunidad de respirar aire puro, de desfogarse un rato dando golpes y vestir ropas mucho más cómodas y ligeras. Era el primer paso hacia una liberación femenina, una revolución muy parecida a la que estaban acrecentando sus compatriotas sufragistas. Al final, se trataba de mostrar que podíamos hacer las mismas cosas que ellos manteniendo las distancias que marcaban la moralidad del momento. Beatrix se creyó el mensaje de su madre a quien adoraba y quería por encima de todo; pero, ella, a diferencia de su progenitora, iba un paso más allá. ¿Por qué no podía competir con ellos? ¿Cómo podíamos saber si hacíamos las mismas cosas si estábamos en espacios tan alejados unos de los otros? Y ese conflicto interior la atormentaba. Se lo había comentado a su madre en varias ocasiones pero la moral ganaba siempre la partida y ahí se acababa cualquier discusión posible.
Beatrix subió a la tribuna y saludó a los representantes que la esperaban ansiosos. Allí arriba fue plenamente consciente del público que la vitoreaba (y no sólo había mujeres). Eso la henchía de orgullo. Su corazón, sin embargo, se iba resquebrajando por momentos. No veía el fin a su carrera. ¿Cómo podía decepcionar a tanta gente? ¿Cómo les podía argumentar su partida por hastío? ¿Acaso ese no era un motivo suficiente? Su madre la abrazó y, entre lágrimas de felicidad, la agasajó con bonitas palabras. Una lágrima resbaló por la mejilla de Beatrix. No era una lágrima de felicidad, justamente. Tenía un sabor amargo, con un regusto a tristeza que  le escocía las heridas. Deseó que su madre no confundiera su desconsuelo por satisfacción.
El próximo torneo estaba a la vuelta de la esquina y Beatrix sabía que no asistiría. Un periodista las separó. Tras la recogida del premio tocaban las fotos tan esperadas. Se secó las lágrimas y se recompuso un poco. No era la imagen que quería dar. Fabricó una sonrisa artificial, se arregló el pelo y se pellizcó las mejillas. Nadie tenía que intuir algún atisbo del peso que cargaba sobre sus hombros. El peso de la responsabilidad para con su género, de cumplir las fantasías de su madre, de ser siempre la mejor, de no desfallecer, de seguir hacia adelante a pesar de un tiro desastroso. En resumidas cuentas, el peso de ser la niña prodigio del primer club de golf que aceptó a mujeres en sus instalaciones.
Las luces de las cámaras la deslumbraron cegándola unos segundos. Cuando recuperó la visión, una decena de periodistas la rodeaban. Hacían muchas preguntas a la vez y a Beatrix no le daba tiempo ni a contestar. Pero no hacía falta, ellos se las contestaban solos. Es más, eran preguntas tan absurdas que pensó si lo que realmente hacían era comprobar su nivel de inteligencia o simplemente insultar su capacidad intelectual. Fue entonces, cuando uno de ellos le hizo la pregunta que ella estaba intentado evitar a toda costa:
−Y después de esta impresionante victoria en la que ha demostrado que no tiene rival, ¿cuál será su próximo reto? ¿Inglaterra?¿Europa?
Beatrix sonrió, se quitó el guante y se lo metió en el bolsillo, se arregló la falda y enderezó su espalda encontrando su propio lugar.
−Esos, señores, ya se verá. Buenas tardes.
Elegantemente, les dio la espalda, sacó el guante del bolsillo y se lo regaló a un chico pecoso que la miraba con admiración. Ya no le haría falta. El niño, pletórico, enseñó a su madre el regalo que había llegado a su poder. “Mamá, no me lo voy a quitar nunca. Me lo ha dado la señorita Hoyt. Beatrix Hoyt.”


domingo, 26 de noviembre de 2017

16. BURBUJAS



Y su burbuja estalló. Miró alrededor en busca de una respuesta a lo que acababa de ocurrir. No conocía a nadie que viviera fuera de su burbuja. ¿Y si no podía respirar? ¿Y si moría quemada por el sol? Ahora que no se sentía protegida por su burbuja, el mundo le parecía infinito.

Comenzó a caminar con cuidado de no hacerse daño. Lentamente, miraba por dónde pisaban los pies y, de repente, una mujer rodeada por una burbuja furiosa la atropelló y la hizo caer. Ella quedó tumbada en el suelo y, entre lágrimas, percibió un azul diferente. El cielo era de un color más intenso, más azul de lo que recordaba. Ya hacía tiempo que no lo miraba pero ahora parecía que alguien había editado la foto con algún tipo de filtro que desconocía. Se puso en pie y observó la calle con atención. Todo brillaba más. Había subido la intensidad de los colores inesperadamente.

Todo el mundo caminaba dentro de su burbuja: una llena de humo, una húmeda de tristeza, una pringosa de disgusto, una enfadada arreaba a quien se cruzara en su camino, otra feliz y grande (se veían pocas de aquellas, eran poco prácticas porque ocupaban mucho espacio y normalmente eran artificiales, modificadas químicamente por algún producto farmacéutico). Sin embargo, la más común era la gris. Había una multitud de tonos diferentes de gris hasta llegar a la negra, angustiosa, a menudo demasiado pequeña para sobrevivir. Normalmente la gente que vivía en una burbuja negra moría joven, ahogados por la oscuridad que los envolvía. Y así había burbujas de todos los colores, formas y texturas que vivían aisladas las unas de las otras en su propio universo habitado y reducido sin percibir nada del exterior. Aún así, personas sin burbuja, no había conocido a nadie. Desde pequeña le habían enseñado a tener cuidado de su burbuja porque, sin ella, la supervivencia era imposible. Siempre había vivido con la suya azul brillante, le gustaba aquel tono azul tan peculiar que daba a cada uno de los episodios de su vida. Ahora todo era diferente. ¿Qué podía hacer? No podía volver a casa, no sabía cómo podrían reaccionar  sus padres; al trabajo tampoco, la entregarían a las autoridades automáticamente (no podía continuar enseñando a los niños de aquella manera). Todo el mundo la miraría de forma extraña.

Y fue entonces cuando sintió aquel susurro que venía de su interior y decidió, en aquel preciso momento, seguir el camino que tenía que seguir. La había oído antes pero la hizo callar porque no estaba nada bien oír voces (o eso era lo que le habían enseñado). Por primera vez en su vida, sabía qué dirección tenía que tomar sin ningún tipo de duda. Y ya nada era más importante: lo que pensara la gente de ella, si se sentía segura o no, si aquella barrera que la separaba del mundo existía o no. La intensidad de los colores, de los olores, de la vida ya no era un filtro de una aplicación del móvil. Ya comprendía por qué no le gustaban las fotos en blanco y negro.


Sin darse cuenta había salido de la ciudad y allí, delante de ella, vio unas casas blancas y luminosas. Una pelota golpeó sus pies, se agachó para cogerla y descubrió texturas nuevas: vieja y desgastada. Un niño se acercó a recuperarla. Su sonrisa pícara le hizo latir el corazón a más velocidad. Aquel chico no tenía ninguna burbuja a su alrededor. Era libre. Le robó la pelota de las manos y se fue corriendo, jugando con otros niños como él: sin burbujas, sin interferencias, sin filtros, sin miedo.