lunes, 11 de febrero de 2019

24. EL REGALO


Abrió la carta que su hijo le había mandado a Papá Noel en secreto. Siempre lo hacía así: fingía meterla en el buzón lleno de purpurina roja y adornos navideños, pero lo que realmente enviaba era una copia en blanco de la misma carta recortada del catálogo del centro comercial. Tenía las manos rápidas y, aunque su retoño ya había pasado la edad de creer en el gordo vestido de rojo, él no se daba cuenta de que su madre se quedaba con sus deseos cada año. 

Aquellas fiestas serían diferentes porque, no sabía cómo, se había quedado con la carta en blanco. Ignoraba cómo había cometido semejante error y entró en pánico. ¿Y ahora qué le compro? Le temblaban las manos. Ir a comprar un regalo sin saber lo que él deseaba se le hacía misión imposible. Sería la primera vez que tendría que adivinar qué quería su hijo. 

—Hola, cariño, ¿has dormido bien hoy? ¿No habrás soñado con tu regalo de Navidad, no? Papá Noel, bajando por la chimenea con aquel paquete tan deseado, se toma la leche y las galletas que le dejaste y... 

—Mamá, estás un poco pesada hoy —refunfuñó el niño—. No me hace falta soñar con el regalo de Santa porque, como cada año, ya sé lo que me va a traer. Me porto bien, saco buenas notes y he bajado mi hándicap. No tiene motivos para no traerme lo que le he pedido —comentó. 

Era realmente repelente. Ahora entendía por qué nadie quería venir a su cumpleaños. 

—Que es...­­ —le azuzó la madre para descubrir su deseo de Navidad y poder ir a comprarlo lo antes posible. 

—No seas cotilla, mamá. No te lo voy a decir, es un secreto entre él y yo —concluyó alegre su hijo mientras salía diligentemente por la puerta hacia el autobús escolar. 

Derrotada, la madre, se tiró en el sofá. Sacó el móvil y buscó “los juguetes más buscados de 2018”. Nada parecía adecuado a los gustos de su hijo. Pero, ¿cuáles eran los gustos de su hijo? Lo veía cada día, sentía que se comunicaban bastante o eso les decía la mediadora familiar pero había una parte que su pequeño se guardaba muy dentro y eso era lo que realmente deseaba. Tenía que admitir que lo conocía mucho mejor desde que le requisaba las cartas a Santa, los Reyes y el Ratoncito Pérez. Era un niño inteligente y seguro con grandes ideales, como si un adulto hubiera colonizado aquel pequeño cuerpo. A veces, tenía la impresión de que era mucho más maduro que ella. 

Le envió un mensaje a su marido por si a él le había mencionado algo. Y tras el doble acuse de recibo, la ignoró una vez más, como siempre hacía. La madre suspiró. Se sintió estúpida por pensar que el padre de su hijo supiera algo de él. 

La desesperación la llevó hasta el cuarto del retoño. Todo estaba organizado por tamaño, color y forma. La psicóloga ya le había comentado que podría ser el inicio de un TOC y que no debería permitirle ese tipo de orden. Pero, ¿a qué madre en su sano juicio le importaría tener un hijo tan ordenado? La terapeuta no la entendía porque no era madre pero ella creía que esa extraña obsesión de su hijo sólo le aportaba disciplina y concentración al pequeño. O eso era lo que le había asegurado por activa y por pasiva el entrenador de golf de su Rahm en ciernes. 

Paseó por aquella habitación con miedo a ser descubierta. Nada parecía delatar sus deseos de Navidad. Todo era impersonal, una decoración casi de revista. A Raúl no le gustaba mostrar sus premios y, por eso, los escondía pulcramente bajo la cama. Clara pensó que aquel podría ser un buen escondite para un diario, un recorte, un dibujo. Algo que le marcara el camino a seguir. 

Abrió la cajonera y allí, perfectamente alineados estaban todos sus trofeos y, junto con ellos, una carpeta con los diplomas y menciones conseguidas. ¿En qué momento su pequeño había conseguido todo aquello sin su conocimiento? Vivía con un par de desconocidos y sintió un pinchazo en el corazón. ¿Quién era su hijo? Nueve años de vida y ni siquiera sabía cuál era su color favorito. Se sintió muy mala madre. La relación con Raúl tenía que cambiar, intentar que su hijo se abriera más, que compartiera sus más íntimos secretos con ella. Especialmente su secreto con Santa. 

Se puso unos tejanos y un polo y salió lo más rápido que pudo de casa. En unos minutos se plantó en la consulta de la psicóloga. 

—Mónica, tenemos que habl…—entró sin llamar, sin ni siquiera considerar que podía estar ocupada con otro paciente. —Lo siento —se disculpó rápidamente y cerró tras de sí. Se había puesto roja como un tomate. Creía haber reconocido a la señora que lloraba en el sofá ante la solícita Mónica. Clara se sentó pacientemente en el recibidor a que Mónica acabara la sesión interrumpida. 

—¿Qué ocurre, Clara? No deberías haber entrado así en la consulta. 

—Lo sé, pero era urgente y no sabía…—calló porque le parecía absurda su idea de que Mónica solo la tuviera a ella como clienta. —No pensé que estuvieras ocupada. Lo siento de verdad. Pero —la voz se le quebró por un instante—, me he dado cuenta de que no conozco a Raúl. Me equivoqué y me quedé con la carta vacía —la terapeuta la miraba sin comprender. —No sé qué comprarle a mi hijo por Navidad —resumió. —Vivo con un desconocido —y se echó a llorar sin consuelo alguno. 

—Y, ¿qué necesitas Clara? ¿En qué puedo ayudarte? 

Esas palabras la tranquilizaron mientras se limpiaba los mocos con la manga del jersey. 

—Esperaba que me pudieras decir qué quiere Raúl. Si te había comentado algo de lo que le había pedido a Papá Noel —su petición aparentemente inocente puso en guardia a Mónica quien se tensó en la butaca. 

—Ya sabes que lo que hablo con él es privado. No puedo decirte nada sobre nuestras sesiones. 

—Y, lo entiendo, de verdad. Es como tiene que ser y le estás ayudando mucho con sus manías pero, solo esta vez, una pista. ¿Y si le regalo algo que él no quiera? Nunca he fallado en los regalos. No quiero decepcionarlo. 

—Clara, lo siento, pero no puedo ayudarte. No quiero romper su confianza y espero que lo entiendas. ¿Quieres que concertemos una cita para tu próxima sesión? Es preciso que hablemos de esto que te está pasando, de lo que estás sintiendo. 

Clara se sintió insegura y se levantó rápidamente. Sonrió a la psicóloga y corrió hasta el ascensor. Se sentía romper a cada paso que daba. Raúl la odiaría para siempre. ¿Qué podía regalarle? De manera automática condujo hasta el centro comercial. Paseó observando cada escaparate con la esperanza de que algo llamara su atención. Las tiendas se le hacían eternas y vacías. No había nada para ella, ni para Raúl. El tiempo corría inexorablemente y el aviso de cierre la acabó de desarmar. No había comprado nada. ¿Y ahora qué pondría bajo el árbol esta noche? Se sentía rota por dentro. Derrotada. Nunca hubiera pensado que pudiera decepcionar a Raúl de semejante manera. 

Al llegar casa, se puso a preparar la cena de Nochebuena. Los familiares fueron llegando aunque Clara no acababa de escuchar lo que decían. Sus voces se amortiguaban en la lejanía a pesar de tenerlos justo enfrente. La sonrisa perenne la vestía artificialmente. Todo parecía ir bien. La gente comía, bebía, se divertía. Hasta Raúl parecía mucho más sociable aquella noche con sus primos. 

La madre se ocultó de las miradas de los otros. No quería que descubrieran el fraude de mujer que era. Desconocer los deseos de su hijo era un pecado capital y no se lo perdonaría nunca. 

—¿Clara? Ah, estás ahí. Se marchan todos. ¿Bajas a despedirlos? 

Ni tan siquiera se dio cuenta de la hinchazón en los ojos y en lo pequeña que se sentía. ¿Qué haría Ramón cuando se diera cuenta de que era la peor madre del mundo? Vuelta a la sonrisa cordial, despedidas, besos y promesas de verse pronto a pesar de saber que hasta la próxima Navidad no sentirían la obligación de volver a hacerlo. 

—Venga, Raúl, a la cama. ¿No querrás que Papá Noel te encuentre despierto, no? Porque si no duermes no te dejará los regalos que tiene para ti —el padre resultó más convincente de lo habitual y el hijo subió a su habitación sin rechistar. El viejo de rojo debería venir cada noche y se evitarían muchos conflictos familiares. 

Ramón no tardó en quitarse la máscara de anfitrión perfecto para enfrentarse a Clara una vez más. 

—Y, ahora, ¿qué problema tienes, Clara? ¿Ni en Nochebuena puedes estar feliz? ¿Qué más necesitas? Te lo doy todo y aquí estás tú con cara de besugo y mirada ausente. ¿Qué crees que pensará mi familia? 

—Cariño, no lo entiendes, pero es que…—balbuceó— No tengo regalo para Raúl. No sé qué quiere. Me equivoqué de carta y… 

—¿No le has comprado nada? —se sorprendió su marido. 

—No, es que no he visto nada que le pudiera gustar y… 

Ramón estaba fuera de sí. Intuyó la frustración y la decepción en su cara. Clara no sabía dónde meterse. Pero Ramón retomó el control rápidamente. 

—Lo siento. 

—Clara, tienes que comunicarte conmigo. Me lo tendrías que haber dicho en cuanto te diste cuenta del error. Dos cabezas piensan más que una. —El gestor financiero era mucho mejor que ella en momentos de crisis y ambos lo sabían. Pensó por unos minutos en silencio y no tardó en encontrar la solución como siempre. Y salió corriendo al trastero volviendo victorioso con algo entre las manos. —Menos mal que fui previsor y le compré el putter de Jon Rahm para su cumpleaños. Ya está, le envolvemos el palo y listos. 

Y Clara se lo quedó mirando. Era una solución pero no era la solución. Lo que aquel día le había revelado es que no tenía ni idea de quién era aquel pequeño individuo que vivía bajo su techo, al que alimentaba y cuidaba. El putter de Rahm no resolvía ese problema pero, al menos había algo bajo el árbol. Ramón se fue a dormir pero la madre no podía conciliar el sueño. Algo incomodaba sus pensamientos. Ojeó la carta una vez más, culpándose por enésima vez del error que no sabía cómo había cometido. Y de, repente, lo entendió todo. Puso su regalo bajo el árbol y durmió tranquilamente lo que quedaba de noche. 

A la mañana siguiente, Raúl los despertó con un grito. Papá Noel había dejado regalos para todos. Dormidos y legañosos bajaron al salón para abrir el arsenal de presentes que el generoso viejo les había dejado. Risas y diversión y deseos cumplidos. Raúl llegó al regalo que su madre había envuelto para él. Ambos se miraron y sonrieron al abrir la caja vacía. 

—Gracias, mamá, es justo lo que quería. 

Clara abrazó a su hijo como nunca antes lo había hecho. Raúl la achuchó todo lo fuerte que pudo. El regalo. Aquel regalo no lo olvidaría jamás. Corazones latían al mismo compás. La felicidad. 

 

 

lunes, 10 de diciembre de 2018

23. UNA CABAÑA EN LA CERDANYA




Cuando los vi no me lo pude creer. Eran perfectos para el proyecto que tenía en Puigcerdà. Era una cabaña de alto standing cerca de un campo de golf del que no recordaba el nombre concreto. De todas maneras, tenía que hacerme con ellos costasen lo que costasen. 

—Disculpe las molestias —me dirigí a la dependienta, una señora mayor que combinaba a la perfección con los objetos de la tienda—. Ese juego de palos de golf que tiene colgados… ¿Están a la venta? 

—Sí, por supuesto, jovencita. ¿Pero está segura de que los quiere comprar? 

—¿Hay alguna razón por la que no debiera adquirirlos? —pregunté extrañada. 

—Esos palos están malditos. Los he vendido muchas veces y me los han devuelto por no poder controlarlos—. El rostro de la señora se oscureció mientras un escalofrío me recorrió el cuerpo—. Tienen personalidad propia —aseguró. 

—¿Me está tomando el pelo? No voy a pagar más por el cuento chino ese de la maldición —amenacé. 

—No, no era esa mi intención. Si realmente los quiere se los dejo por veinte euros. 

—¿Veinte euros?¿Lo dice en serio? —en ese momento ignoré todas mis alarmas interiores que me decían que aquello no pintaba bien. Era una antigüedad de la época victoriana por veinte euros. ¿Cómo podía ignorar aquella gran oportunidad? A mi cliente le encantaría y le podría cobrar una barbaridad. De repente, ese proyecto que acepté a desgana por los posibles contactos futuros daría beneficios considerables—. Pues claro que me los llevo —afirmé categóricamente—. ¿Cómo podría obviar una ganga de semejante magnitud? 

La señora sonrió y esa sonrisa me heló el cuerpo. Me eché a temblar, no sé muy bien porqué. Era un caluroso día de primavera. La mujer los descolgó con cuidado y me los dio. Pesaban bastante más de lo parecían pero eran palos antiguos y el grafito no era la primera opción de material en la época que fueron manufacturados. 

Salí feliz de la tienda, contenta con mi hallazgo. Había encontrado la guinda del pastel. Ahora ya podía comenzar a decorar. Los dejé en el coche porque no valía la pena acercarme a la cabaña para dejarlos. A la mañana siguiente me pondría ropa cómoda, cogería los layouts de la oficina y me aventuraría en las montañas de la Cerdaña. El lunes la cabaña estaría lista para presentarla al cliente. 

Dormí a pierna suelta aquella noche con la conciencia de no tener ningún tema pendiente. Encontrar el punto focal del salón a veinte euros me había concedido la paz que necesitaba. Era un proyecto que me traía de cabeza. El cliente, un CEO que tenía la atención de un niño de tres años, se había convertido en mi talón de Aquiles. Nunca había tenido un cliente tan difícil como él. Nada le gustaba, todo le parecía mal y nunca estaba conforme con lo que le presentaba. Ya había perdido la cuenta de las veces que había rehecho el proyecto convirtiéndolo en un pozo sin fondo de horas infructíferas de trabajo. Sólo tenía ganas de acabar y pasar a otra cosa. 

Al abrir el coche, vi los palos en el asiento del copiloto. Me extrañó. Pensaba que los había guardado en el maletero para protegerlos de miradas indiscretas. No los moví. Pesaban demasiado para moverlos con la mano que tenía libre y no iba a abandonar mi café humeante por ponerlos en otro sitio. Allí no molestaban. Tras pasar por la oficina y recoger el resto de materiales que me hacían falta para el fin de semana, me adentré en una pequeña carretera serpenteante que estaba bastante bien cuidada a pesar de su ubicación. El olor de café inundaba el interior del coche acompañado de la última recopilación de música indie que me había descargado antes de iniciar el viaje. Tenía la sensación de ir de vacaciones. Y lo haría. Una vez entregado esta pesadilla de proyecto me escaparía una semana a la playa. Estaba harta de montaña, cabañas y frío. Necesitaba unos días en una playa caribeña para recuperar fuerzas. 

Giré al camino de tierra que indicaba el último tramo del trayecto. Estaba lleno de baches y los palos de golf me atacaron un par de veces. Así que al final decidí ponerles el cinturón de seguridad. El sol brillaba más que en la ciudad y no me di cuenta de que el camino acababa allí mismo. Frené de golpe pero la maniobra no evitó que me comiera la verja de acceso a la finca. Los palos saltaron en el asiento. Menos mal que los había amarrado. Afortunadamente, sólo mi parachoques sufrió las consecuencias. Se descolgó del lado derecho en una mueca grotesca. Y entonces lo vi. Vi aquella maravilla de edificio de madera al final del sendero. Abrí la verja y subí paseando. Las vistas desde el acantilado eran impresionantes. En ese mismo instante comprendí por qué mi cliente era tan impertinente. Quería tener la decoración perfecta para no desentonar con la naturaleza que lo envolvía todo. 

Descargué el coche lentamente. Hacer aquello sola era agotador pero no podía pagarle a mi asistente todo un fin de semana de trabajo así que no tenía otra alternativa. Entré la última caja y, de repente, vi los palos al lado de la chimenea. No recordaba haberlos metido pero allí estaban. Encogí los hombros y no le di más vueltas. El sol brillaba en lo alto y me tomé un sándwich vegetal antes de comenzar con la decoración. Los obreros ya habían pintado las paredes de un color cáscara de huevo que ampliaba la estancia. Los grandes sofás de piel estaban por desembalar así que decidí que comenzaría por ellos. Quité los plásticos de cada uno de los muebles que habían ido llegando en las últimas semanas y empecé a ponerlos en el lugar que les correspondía según los layouts aprobados por el CEO. Sudaba lo que no estaba en los escritos y mi aliento se iba acelerando a medida que las habitaciones iban tomado forma. 

La habitación era de revista nórdica. Grises, ocres y lana, mucha lana. La cocina rústica pero con toques industriales. Estaba tan satisfecha con el equilibrio encontrado por los muebles grises pintados a mano y los electrodomésticos metalizados que mi cliente no pudo encontrar pega alguna. De hecho fue la única estancia que aprobó a la primera. Y así habitación por habitación hasta que llegó la noche. Me había traído mi saco de dormir y lo estiré delante de la chimenea. Me calenté unos noodles y me quedé hipnotizada por los palos de golf que había encontrado. Eran realmente bonitos y eso que yo, de golf, no sabía prácticamente nada. Al acabar de cenar, revisé las listas de lo que quedaba por hacer. El domingo sería un día largo y complicado. Había demasiados cabos sueltos por atar pero totalmente aprehensibles. El lunes me olvidaría de aquella maldita cabaña por siempre. 

No tardé en quedarme dormida. Me sentía cansada pero el sueño no estaba siendo nada reparador. Me desperté en varias ocasiones sobresaltada, no dejaba de escuchar unos golpes continuos y persistentes. ¿Estaría goteando la ducha de la segunda planta? Los obreros se habían quejado de lo difícil que había sido repararla. Subí las escaleras lentamente y entonces vi algo desconcertante a través de la vidriera de las escaleras. ¿Había una figura con mis palos de golf jugando en la noche? Me froté los ojos pensando que era un sueño, pero no. Había un hombre en la parte trasera de la casa y lanzaba bolas al fondo del acantilado. 

Cogí un cuchillo de la cocina y salí para enfrentarme al ladrón. Él paró su swing cuando me descubrió empuñando el arma. 

—Buenas noches, señorita. ¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó elegantemente. 

—Bu-bu-bu-enas no-no-noches —tartamudeé—. ¿Quién es? ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Y qué hace con mis palos de golf? —conseguí espetar al final. 

—Se equivoca, señorita, estos palos son míos. Siempre ha sido y será así —me corrigió. 

Apreté el mango del cuchillo y se lo presenté con la intención de que se asustara y diera su brazo a torcer. Pero ni se inmutó, es más, se preparó para golpear de nuevo ignorándome. 

—Le exijo que me devuelva los palos y salga de esta propiedad privada lo antes posible o, si no, me veré obligada a llamar a la policía. 

El hombre me miró con desprecio y se acercó a mí con el driver en la mano. 

—¿Me está amenazando, jovencita? Yo de usted lo recogería todo lo antes posible y me iría por donde haya venido. No me moleste más, tengo que practicar mi swing. Morris no volverá a dejarme en ridículo. Le demostraré que mis bolas, las bolas Robertson, siguen siendo superiores que esas baratijas de gutapercha con las que comercia. —El hombre estaba visiblemente alterado y retrocedí lentamente. Tenía la cara desencajada y levantaba el driver peligrosamente. No entendía nada de lo que decía— ¿Quién es usted, señorita? ¿Por qué quiere mis palos? No le pertenecen — enloquecido se abalanzó sobre mí y me fue imposible reaccionar. Sentí un fuerte golpe en la cabeza y luego… La oscuridad. 

La puerta se abrió y se oyó un grito desgarrador. Era la esposa del CEO que había sido la primera en entrar. Apartaba la vista incómoda de la chimenea, tras ella, mi cliente se asomó y su rostro se llenó de horror. 

—Mujer, vamos, sal de aquí y que no entren los niños. Llama a la policía y no toques nada —ordenó bruscamente y de forma desagradable. 

Si era así con su familia, no me extrañaba que a mí me tratara como me trataba. Seguía con la mirada fija en la parte superior de la chimenea donde deberían estar los palos de golf que compré por veinte euros. Pero los palos ya habían dejado de ser el punto focal de la habitación. Una decoradora con el cráneo abierto goteaba sangre en la moqueta recién estrenada. Era la que coronaba el salón dando la bienvenida de forma dantesca a aquel cliente tan insufrible colgada sobre la chimenea como si fuera un bodegón de Cézzane. Por primera vez se había quedado sin palabras ante aquella propuesta estética. Entonces, el cliente, vio una bolsa de golf antigua con un set de palos completos y se acercó a admirarlos. El driver le llamó poderosamente la atención. Era de un color bermellón brillante como nunca antes había visto. Movió la cabeza con aprobación e improvisó un swing allí mismo. Al menos, los palos, le habían gustado.



martes, 30 de octubre de 2018

22. HAMBRE


Hambre. Tenía hambre. Había sido un día duro en la oficina. El estrés le comía las entrañas y, tras acabar un plato de verduras con cuscús que había dejado preparado para almorzar, abrió el congelador y sacó una pizza cuatro quesos que se reservaba para días como estos, en los que el trabajo incesante la había dejado sin energía. La pizza y el cuscús le supieron a poco y decidió comerse las sobras de la paella del lunes, que guardaba para un caso de emergencia; estaban deliciosas, aunque frías. Una vez el plato quedó vacío, sus tripas volvieron a quejarse. Armario por armario, fue devorando todo alimento que había en la cocina. Latas de conserva, patatas de bolsa, pepinillos en vinagre. El hambre seguía allí carcomiéndola por dentro. Continuó con la despensa hasta que ya no quedó absolutamente nada en casa. ¿Y ahora qué podía hacer? Seguía teniendo hambre.

Decidió salir a la calle. A lo mejor un paseo le hacía matar el gusanillo. No sabía dónde lo había leído pero el sol también nutría el cuerpo. Había gente que sólo se alimentaba de la luz del sol. Se llamaban seres pránicos y se suponía que eran el siguiente eslabón en la evolución humana. Se tumbó en el parque para tomar un baño solar pero aquello tampoco funcionaba. Un gruñido estomacal la sacó de la relajación y al girar la cabeza vio un McDonald’s justo al otro lado del parque. Corrió hacia allí y pidió un menú BigMac extra grande. Comió con avidez. Más bien devoró aquella comida saciante en un minuto. La familia que tenía al lado la miraba extrañada y un niño pequeño la señalaba con un dedo acusador. Por un leve segundo, se sintió fatal. Sin embargo, el hambre continuaba allí. ¿Qué le estaba ocurriendo? Salió avergonzada del local bajo la atenta mirada de la clientela. No podía pedir nada más sin notar el reproche de la gente sobre sus hombros.

Deambuló por la ciudad, cansada y hambrienta. Cada vez que veía un restaurante que le llamaba la atención entraba a degustar la mayor cantidad de platos que su dignidad le permitía. Comía como un animal. Estaba ansiosa y confusa. Cuanto más comía, más hambre sentía. La ruta gastronómica acabó cuando le rechazaron la última tarjeta. No tenía más dinero. Fue su primera voz de alarma. ¿Cómo había podido gastar el sueldo de ejecutiva en un solo día y únicamente en comer? No lo entendía.

Una de sus compulsiones siempre había sido la comida. Cuando era adolescente, a la menor señal de estrés, iba a la cocina y se comía lo primero que encontraba. Así saciaba el hambre y calmaba los nervios. Era la mejor solución a todos los problemas. Lo que le estaba sucediendo hoy era diferente. Era como si en su estómago tuviera un agujero negro que ella fuera incapaz de llenar.

Volvió a casa y se echó a llorar. Tenía hambre, mucha hambre. Empezó a dar vueltas de habitación en habitación. Parecía un animal enjaulado. El movimiento la ayudaba a pensar. Así encontraría la respuesta a su problema. Revivió el día en la cabeza. El CEO de la empresa donde trabajaba la había llamado al despacho porque los números no cuadraban, estaban perdiendo dinero y todo era por su culpa. El proyecto que tanto había defendido y en el que tanto había creído había resultado ser una estafa piramidal. Ella había caído como una niña con coletas y todavía no comprendía cómo se había dejado engañar de semejante manera. La despidió. Y sin duda aquello había sido traumático pero no tenía que preocuparse. Varias empresas se la disputaban gracias a su excelente currículum. No tendría problemas en encontrar un nuevo puesto a pesar de la garrafal metedura de pata. El teléfono sonó para sacarla de sus ensoñaciones. Era Tim, su novio:

—¿Dónde estás? Llevo buscándote todo el día. Caitlin me ha dicho lo de tu despido. ¿Estás bien? —Laura callaba en la otra línea—. Laura, por favor, contéstame. Fue sólo un error, ya verás cómo pronto encuentras un nuevo trabajo. Y seguro que será mejor. No tengo ni el mínimo ápice de duda. —Laura seguía en silencio—. Amor, va, dime algo. ¿Estás enfadada conmigo? Ya sé que fui yo el que te sugerí la inversión. No pensé que fuera una estafa. Todo parecía estar en orden. Cariño, dime algo. —Laura entonces recordó el motivo que la llevó a creer en aquella propuesta. Tim se la había presentado y, según él, era una gran oportunidad que la empresa no podía dejar escapar. Y lo creyó. Creía en Tim sobre todas las cosas. Su hambre rugió. Estaba enfadada—. Reina ¿quieres que vaya a verte? Seguro que con compañía, el mal trago pasa mejor.

—OK, ven rápido y trae algo de comer —demandó la ex ejecutiva.

—En treinta minutos estoy ahí, princesa —prometió el embaucador.

Una hora más tarde, Tim no había aparecido todavía. Laura era un león furioso. El timbre sonó. Ella sonrió en la puerta. El ama de casa perfecta. Lo besó afectuosamente mientras le arrebataba las bolsas del tailandés de la esquina. El olor la embriagó y se olvidó de Tim. Abrió los paquetes y devoró los menús en menos de cinco minutos. Al acabar, seguía estando insatisfecha. El chico la miraba asustado. Laura había dejado de ser Laura. Los ojos dorados tenían un aspecto macabro y la risa retumbó diabólica en las paredes del edificio. Se aproximó a su prometido y, en un instante, le atravesó el pecho con una poderosa garra. El corazón todavía latía entre sus dedos. Lo lamió saboreándolo. Tim cayó al suelo como un leño seco.

Se tragó el órgano de un mordisco y, ansiosa por saborear el siguiente bocado, miró el cuerpo inerte. Quiero más. El hambre se iba apaciguando lentamente mientras devoraba a su novio en el suelo. Fue royendo el último hueso que Laura se sintió plenamente satisfecha. Observó el esqueleto de Tim con atención y respiró hondo, tranquila y en paz. Puso todos los restos en una bolsa, recogió los desperdicios que yacían desperdigados en la cocina, se dio una larga ducha reconfortante y se fue a la cama con la convicción de que mañana iba a ser un gran día.


Fuente original en el blog de la 
Editorial Cerbero: